sábado, 7 de marzo de 2015

La Cucaña Imposible

En un pueblo, un día se organizó una gran prueba. Se instalaron cincuenta mástiles de madera lisos de 10 metros de altura que luego se cubrieron de grasa. El reto para los participantes consistía en llegar a lo alto de la cucaña alzando una carga adicional equivalente al peso de cada individuo.
Viendo la dificultad de la prueba, los habitantes del pueblo miraban a los participantes y comentaban en voz alta: “eso es imposible, ninguno lo puede conseguir, no pasarán de dos metros”.
 A medida que los 50 candidatos intentaban desesperados trepar por el palo y no conseguían elevarse, las afirmaciones del público cogían más fuerza: “veis, no lo va a conseguir nadie, esta prueba es imposible”.
Rápidamente, la mayoría de los participantes dejó de intentarlo. Pero un grupo de una decena conseguía muy poco a poco elevarse con su pesada carga a lo largo del mástil resbaladizo.
 Viendo el tremendo esfuerzo de los que seguían, el público volvió a hablar. “Apenas han ganado terreno. Se están cansando para nada. Estos mástiles son demasiado largos. Nadie lo puede conseguir”.
A los pocos minutos, casi todos los candidatos que quedaban se desanimaron y abandonaron. Solo quedo un hombre. Bajo las miradas atónitas del público, un señor de pequeña complexión avanzaba poco a poco y con gran esfuerzo hacia la cima.
 Cuando llegó a mitad de camino, mostrando un gran cansancio, los espectadores comentaban: “Ha demostrado ser valiente. Que pena que no le vaya a servir para nada. Ya está muy cansado. Debería dejarlo ya. Mejor abandonar ahora que cuando este totalmente agotado y se arriesgue a caer y herirse”.
Pero el hombre siguió, y después de un tremendo sacrificio, consiguió llegar a lo alto del mástil. Cogió la bandera que representaba su logro y se dejó deslizar hacia abajo.
 Enseguida la muchedumbre le rodeó y le preguntó: “¿Cómo lo ha hecho? 
El hombre no respondió. Era sordo.

Afilar el Hacha

Dicen que una vez un leñador muy trabajador se presentó a una oferta de empleo en un bosque. Viendo su motivación y su energía, le contrataron enseguida. El jefe le dio un hacha y le mando a cortar árboles.
Cuando acabó el primer día, el dedicado leñador había conseguido traer 18 árboles, una cifra impresionante. Pero el hombre era muy trabajador y quería demostrar que podía hacerlo todavía mejor, y el día siguiente salió a batir su record. Sin embargo, al finalizar el día, solo pudo volver con 15 troncos.
Conforme iban pasando los días el leñador se esforzaba por superarse, pero pese a gastar tanta energía, cada vez volvía con menos árboles. Estaba desesperado.
Fue a hablar con su jefe y le explicó la situación.
- No lo entiendo. Por más que me esfuerce, cada día corto menos árboles.
El hombre que le había contratado le miró y preguntó:
- ¿Cuánto haces que no afilas el hacha?
- ¿Afilar? No tengo tiempo para afilar. Estoy muy ocupado cortando árboles.

El Rey Ciclotímico


El Portero del Prostíbulo


El Verdadero Valor del Anillo


Cada acción es importante

Se cuenta que había una vez un escritor que vivía en una tranquila playa, cerca de un pueblo de pescadores. Todas las mañanas andaba por la orilla del mar para inspirarse, y por las tardes, se quedaba en casa escribiendo.
Un día caminando por la playa, vio a un joven que se dedicaba a recoger las estrellas de mar que había en la arena y, una por una, las iba devolviendo al mar.
-¿Por qué haces esto? -preguntó el escritor.
-¿No se da cuenta? -dijo el joven-o La mar está baja y el sol brilla. Las estrellas se secarán y morirán si las dejo en la arena.
-Joven, hay miles de kilómetros de costa en este mundo, y centenares de miles de estrellas de mar repartidas por las playas. ¿Piensas acaso que vas a conseguir algo? Tú sólo retornas unas cuantas estrellas al océano. Sea como sea, la mayoría morirán.
El joven cogió otra estrella de la arena, la lanzó de retorno al mar, miró al escritor y le dijo:
-Por lo menos, habrá valido la pena para esta estrella.
Aquella noche el escritor no durmió ni consiguió escribir nada. A primera hora de la mañana se dirigió a la playa, se reunió con el joven y los dos juntos continuaron devolviendo estrellas de mar al océano.

El poder de la Palabra

Un Sultán soñó que había perdido todos sus dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.
-¡Qué desgracia, Mi Señor! -dijo el sabio-o Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.
-¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Castigadle! -gritó el Sultán enfurecido.
Más tarde el sultán consultó a otro sabio y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:
-¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos tus parientes.
El semblante del Sultán se iluminó con una gran sonrisa y ordenó que dieran cien monedas de oro al sabio. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:
-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo porque al primero se le pagó con un castigo y a ti con cien monedas de oro.
El segundo sabio respondió:
-Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

Creencias crean Realidades

Dice una historia que dos ranas cayeron en un enorme cubo de nata en una lechería. Una le dijo a la otra:
-Es mejor que nos demos por vencidas, estamos perdidas. No podremos salir de aquí.
-Sigue nadando -le dijo su compañera-o Conseguiremos salir de alguna forma.
-Es inútil -chilló la otra-o Es demasiado espeso para nadar, demasiado blando para saltar, y demasiado resbaladizo para arrastrarse. Ya que de todas formas voy a morir, es mejor que sea ahora.
Y dejándose caer, murió ahogada. Su amiga, en cambio, siguió moviéndose intentando nadar, sin rendirse. Cuando se hizo de día se halló encima de un bloque de mantequilla que ella misma había batido. Y allí se quedó, sonriente un buen rato, mientras se comía a las mocas que llegaban en bandadas en todas las direcciones.
Creer que puedes conseguir algo, es el primer paso para que así suceda.


Una Mirada Sabia

Se cuenta que un buen día, un padre de familia rica y muy acomodada, llevó a su hijo de viaje por una zona rural con el firme propósito de que el joven valorara lo afortunado que era de poder gozar de tal posición y se sintiera orgulloso de él.
Estuvieron fuera todo el fin de semana y se alojaron en una granja donde vivía gente campesina muy humilde. Al finalizar el viaje y ya de regreso a casa, el padre le preguntó al hijo:
-¿Qué te ha parecido el viaje que hemos hecho?
-¡Muy bonito papá!
-¿Te diste cuenta de lo pobre que puede llegar a ser la gente?
-¡Sí papá!
-¿y qué aprendiste, pues?
-Muchas cosas papá: vi que nosotros tenemos un perro y que ellos tienen cuatro. Nosotros una piscina pequeña en el jardín y ellos todo un arroyo sin fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio y ellos tienen las estrellas. Nuestro patio está cerrado con vallas y ellos tienen todo el horizonte. Ellos tienen tiempo para hablar y convivir cada día en familia mientras que tú y mi mamá tenéis que trabajar tanto que casi nunca os veo.
Al terminar el hijo el relato de lo que había aprendido, el padre se quedó mudo. Su hijo añadió:
-¡Gracias papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser!

Cuida

Cuida tus Pensamientos...  porque se volverán Palabras.

Cuida tus Palabras...  porque se volverán Actos.

Cuida tus Actos...  porque se harán Costumbre.

Cuida tus Costumbres...  porque forjarán tu Carácter.

Cuida tu Carácter...  porque formará tu Destino, y tu Destino, será tu Vida.

Poner el Corazón

A un albañil, ya mayor, le llegó el momento de su jubilación. Así que fue a ver a su jefe con el que había trabajado durante muchos años, y le comentó sus planes de dejar el negocio de la construcción para llevar una vida más placentera con su esposa y poder disfrutar de su familia y su jubilación.
El jefe sentía ver que su buen empleado dejaba la compañía y así se lo dijo pidiéndole, como favor personal, que construyera una última casa. El albañil accedió, pero su mente y su corazón ya no estaban allí, así que utilizaba materiales de inferior calidad, no estaba atento a lo que hacía y su trabajo dejaba mucho que desear. Era una desafortunada forma de acabar su carrera.
Cuando el albañil finalmente acabó la construcción, su jefe fue a inspeccionar la casa, y al finalizar la visita, cogió las llaves de la puerta principal y las tendió al albañil:
-Tu última casa... este es mi regalo para ti.

Una Piedra en el Camino

Cuentan que un rey mandó colocar una piedra muy grande en medio de un camino y luego procedió a ocultarse para ver si alguien la movía. Pasaron algunos de los comerciantes y cortesanos más importantes del reino y sencillamente la evitaron. Muchos vociferaron culpando al rey de no mantener los caminos despejados, pero ninguno trató de quitar la piedra del camino.
Pasó entonces un campesino con una carga de hortalizas al hombro. Al llegar al lugar donde estaba la piedra, echó su carga al suelo y comenzó a tratar de mover la piedra hacia la orilla del camino. Tras un gran esfuerzo lo logró.
Mientras recogía sus hortalizas, vio una bolsa en el camino, en el mismo lugar en que había estado la piedra. La bolsa contenía muchas monedas de oro y una nota en que el rey comunicaba que el dinero estaba destinado a la persona que quitase la piedra del camino.
El campesino aprendió lo que muchos han aprendido desde entonces: Cada obstáculo nos ofrece una oportunidad para mejorar nuestra condición en la vida.

Nadie se lo dijo

Había una vez dos niños que patinaban sobre una laguna helada. Era una tarde nublada y fría, pero los niños jugaban sin preocupación. De pronto, el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua, quedando atrapado. El otro niño, viendo que su amigo se ahogaba bajo el hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romper la helada capa, agarró a su amigo y lo salvó.
Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaban cómo lo hizo, pues el hielo era muy grueso.
-Es imposible que lo haya podido romper con esa piedra y sus manos tan pequeñas -afirmaban.
En ese instante apareció un anciano y dijo: -Yo sé cómo lo hizo.
-¿Cómo?
-No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

Con las manos abiertas

Un día un chico de trece años paseaba por la playa con su madre. Hubo un momento en que la miró con insistencia y le preguntó:
-Mamá, ¿qué puedo hacer para conservar un amigo que he tenido mucha suerte de encontrar?
La madre pensó unos momentos, se inclinó y recogió arena con sus dos manos. Con las dos palmas abiertas hacia arriba, apretó una de ellas con fuerza. La arena se escapó entre los dedos. Y cuanto más apretaba el puño, más arena se escapaba. En cambio, la otra mano permanecía bien abierta: allí se quedó intacta la arena que había recogido.
El chico observó maravillado el ejemplo de la madre entendiendo que, sólo con abertura y libertad, se puede mantener una amistad, y que el hecho de intentar retenerla o encerrarla, significaba perderla.

La Pregunta Más Importante

Durante mi segundo semestre en la escuela de enfermería, nuestro profesor nos hizo un examen sorpresa. Yo era una estudiante consciente y leí rápidamente todas las preguntas, hasta que llegué a la última:
-¿Cuál es el nombre de la mujer que limpia la escuela? Seguramente esto era algún tipo de broma -me dije-o Yo había visto muchas veces a esa mujer. Era alta, de cabello oscuro, de unos cincuenta años; pero ¿cómo iba yo a saber su nombre?
Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco.
Antes de que terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si la última pregunta contaría para la nota del examen.
-Absolutamente -dijo el profesor-o En sus carreras ustedes conocerán a muchas personas. Deben aprender que todas son importantes. Todas ellas merecen su atención y cuidado, aunque sólo les sonrían y digan: ¡Hola! o
¡Gracias!
Nunca olvidé esa lección. También aprendí que el nombre de la mujer que limpiaba mi escuela era Elena.